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#Fotografía de Genín Andrada "Madrid, Pasarela de Laberintos”


#Fotografía de Genín Andrada

Madrid, Pasarela de Laberintos” 







Por Julio Llamazares
Dice Genín Andrada que para él la gran ciudad es a la vez una pasarela y un laberinto, un lugar donde uno se expone a las miradas de los demás pero también en el que puede acabar perdiéndose. Es la visión de un fotógrafo que creció en una ciudad pequeña, la Cáceres monumental y tranquila en la que nació, y que se trasladó de joven a Madrid, donde ha vivido a partir de entonces. Un periplo, por lo demás, bastante común en muchos de los que residimos en Madrid o en cualquiera de las macrourbes del mundo.
Así que no es difícil suponer que detrás de estas fotografías que Genín Andrada nos ofrece a sus seguidores en este libro está esa primera impresión que recibió al llegar a Madrid desde Extremadura, como tantos de sus paisanos, a buscarse la vida. Venía de trabajar en la prensa extremeña, donde tanto la luz como los acontecimientos tienen otra intensidad y ritmo, y se encontró de golpe en medio de una ciudad cambiante y llena de claroscuros, de un laberinto humano y vital en el que uno es una figura más, un figurante sin nombre, un número en la pasarela y en el laberinto urbanos. Esa primera impresión está presente en estas imágenes, pero también el conocimiento de la gran ciudad que sus años en ella le han proporcionado, desde la comprensión de su luz a la del ritmo de su actividad; dos elementos fundamentales en el trabajo de cualquier fotógrafo y en el de Genín Andrada aún más. Como se puede ver en estas fotografías, pero también en las anteriores suyas, la fotografía para Genín Andrada es luz y ritmo de movimientos, dos aspectos que, sumados, producen una emoción estética pero también invitan a reflexionar. Sabido es que cada fotografía es un pensamiento, una interpretación del mundo y de la fotografía a la vez.
La luz para Genín Andrada es el foco del que se sirve para esa reflexión. En estas fotografías se ve claramente. Aparte de iluminar al personaje elegido, parece radiografiarlo e ir más allá de lo que su expresión nos cuenta. Intenta ser una fotografía interior, uno no sabe si del personaje fotografiado o del fotógrafo, o de ambos a la vez, como sucede con el retrato pictórico. Pero, al ser personajes en movimiento, los detiene, sirviéndose para ello del flash y de reflectores que concentran toda la luz en sus rostros. Estamos, pues, ante una iluminación en el doble sentido que la palabra tiene: alumbrado de alguien o de algo e inspiración y descubrimiento. De hecho, en estas fotografías de Genín Andrada vemos merced a la luz algunos detalles que sin ella hubieran pasado desapercibidos para nuestro ojo.







Por lo demás, no hay narración en esos retratos, como tampoco la hay en la coreografía que los envuelve, con excepción de algún elemento arquitectónico o mensaje de publicidad. Como en las pasarelas de verdad, los personajes desfilan deslumbrados por los focos, que en este caso es la luz de un Madrid veraniego, luz descarnada pero a la vez muy poética, y el resto queda desenfocado o en penumbra. Los fotografiados tampoco ven a los que los miran, ni siquiera al fotógrafo que los inmortaliza, concentrados como van en sus pensamientos y deslumbrados por esa luz que les individualiza por un instante y que les aleja del resto de los peatones. Algunos portan accesorios que proporcionan información sobre ellos, como bolsas en las que llevan lo que han comprado (el elemento más habitual, lo que induce a una reflexión sobre el consumismo y la moda, presente ya en fotografías anteriores de Genín), pero por lo general los que desfilan por la pasarela urbana no aportan otra información que su propia figura. Ni su expresión ni sus ojos nos pueden indicar cuáles son sus vidas más allá de lo que nos cuentan sus rasgos físicos o su forma de vestir.
Alguien podrá pensar y no le faltará razón que hay algo de intromisión en su intimidad por parte del fotógrafo. Algunos parecen advertirlo y el propio Genín Andrada reconoce que esa intromisión existe, pero que forma parte del juego. La naturalidad es un elemento fundamental a la hora de fotografiar a los personajes para que la calle sea una pasarela de verdad y no una impostación que le quitaría todo el sentido. Mirar y ser mirado es ese juego que la gran ciudad propicia cuando es lo bastante grande como para que los personajes no se conozcan entre sí, al contrario de lo que sucedería en una ciudad pequeña. El anonimato de los modelos es consustancial a aquélla como también lo es su impersonalidad. Saber que esa persona a la que estás mirando en ese momento nunca la has visto ni la volverás a ver hace de su mirada y la tuya un encuentro en la eternidad, que al fin y al cabo es lo que busca la fotografía. Y eso lo sabe Genín Andrada, o cuando menos lo intuye, y por eso nos regala esta colección de retratos en movimiento imposible, pues los fotografiados se han quedado parados para siempre en esa imagen, con esa luz, con la expresión y la ropa con que se habían vestido ese día, que suelen tener más relación de la que ellos piensan. Al fin y al cabo, en la pasarela todo se manifiesta, lo exterior y lo interior de las personas.










Por ello, en estas fotografías, hay una plasmación de la soledad de la gran ciudad, esa constante que se advierte en todas las personas que posan como modelos sin saber que lo están haciendo o descubriéndolo en el momento mismo de ser fotografiadas; una soledad difusa que acentúan los que pasan junto a ellas sin mirarlas y que la luz de Madrid enmarca, como en los cuadros de sus grandes pintores, para diferenciarlas de la del resto. Porque la soledad es común a todos. Y la incomunicación también. Se nota en sus expresiones, pero también en su movimiento, un movimiento de pasarela en la que entre quienes desfilan y quienes los miran no hay más contacto que el visual. Lo saben unos y otros y nos lo manifiesta con sus imágenes el fotógrafo, ese muchacho extremeño que llegó a Madrid a buscarse la vida y que se perdió en sus calles para encontrase en las de su imaginación. Por eso es el único al que no vemos en ellas, escondido detrás de su asombro y conmovido por la luz que ilumina la ciudad.


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