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1º Mayo 1982, Puerta de Alcala,Madrid. Foto: Juan Santiso
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Reds
Por lo que
cuentan las crónicas, Reed fue en parte soñador y en parte periodista de fuste,
de la estirpe de Hemingway y Chaves Nogales, los cuales –dicho sea con toda
mala intención- tenían poco que ver con Pérez Reverte, quien –y siempre según
sus críticos- le pedía al cámara de TVE que le grabara los diálogos apostado
tras los escombros de Sarajevo, como si se refugiase de las balas en directo,
pero a la hora en que los tiradores se iban a tomar el té, mientras algún extra
local hacía ruido con los efectos especiales.
Rafael Alonso Solís (30 abril 2013)
Utilizar Reds para encabezar una columna no es
mucho más que un uso oportunista de la fecha de publicación, de la coincidencia
entre el primero de mayo y la falta de inspiración del cronista. Reds es también el título de una
película dirigida en 1981 por Warren Beaty, ganadora de varios Oscar y basada
en la vida de John Reed, un escritor y periodista norteamericano que, en sus
libros México insurgente y Diez días que estremecieron al mundo, dotara
de rumores literarios a las revoluciones mexicana y rusa. Dicen que buena parte
de la leyenda de Pancho Villa se debe, precisamente, a la maestría de Reed, que
dio color a sus cabalgadas, relató sus gestas, jaleó sus juergas y actuó como
reportero de guerra en las escaramuzas militares que se escenificaron en la
llanuras de Chihuahua y Durango, cuando los caballos de los mitos guerrilleros
se llamaban Siete Leguas y relinchaban
al son de los trenes y los disparos de los fusiles de repetición. Por lo que
cuentan las crónicas, Reed fue en parte soñador y en parte periodista de fuste,
de la estirpe de Hemingway y Chaves Nogales, los cuales –dicho sea con toda
mala intención- tenían poco que ver con Pérez Reverte, quien –y siempre según
sus críticos- le pedía al cámara de TVE que le grabara los diálogos apostado
tras los escombros de Sarajevo, como si se refugiase de las balas en directo, pero
a la hora en que los tiradores se iban a tomar el té, mientras algún extra local
hacía ruido con los efectos especiales.
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1º Mayo 2012, Pamplona. Un manifestante disfrazado de Rajoy. Foto:
Alvaro Barrientos /AP
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Viene todo a cuento porque no es lo
mismo una cosa que otra, y la visión que hoy tenemos del uno de mayo no puede
ser la misma de la que teníamos en los sesenta o setenta en este país. Si
atendemos a la opinión vertida en ese par de canales de televisión que se dan
codazos por ocupar el espacio ideológico de la caverna, todos los sindicalistas
son carne de trullo, y los sindicatos los principales responsables de la
pútrida situación económica y financiera que nos afecta. Aquí interviene mucho
la mirada, la intensidad de la caspa y la posición adoptada. A estas alturas no
debería quedar un ápice de duda que sin la aportación del movimiento sindical
de clase la realidad de los trabajadores sería mucho más dura que la que es, y
que la sensatez de muchos dirigentes sindicales ha ayudado a cruzar el desierto
en muchas ocasiones, sin agua y bajo el sol. Pero esa constatación no debería
impedir un análisis crítico de los excesos y, sobre todo, de la generación de
una casta de matones de oficio que han ocupado las asambleas, los locales y los
órganos colegiados durante décadas. Si la crudeza de la realidad exige una
respuesta en la calle que contrarreste el cinismo de los poderes financieros y
la atonía de los gobiernos, ello no puede ocultar la parte que les toca a los
sindicatos, cuyo corporativismo acomodado ha sido cómplice del desastre.
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La huelga del 1º de mayo de 1886 |
2012.- 1º MAYO. "LA MUERTE DE UN CUENTO DE HADAS" Por Paul Krugman
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